
- La guerra de encuestas en Tlaxcala cambió su objetivo y surgen muchas dudas.
El Petardo / Opinión de Adolfo Tenahua Ramos
“No bastará con ser popular en las encuestas para ser candidato o candidata… si es corrupto”. La frase soltada por Ariadna Montiel Reyes no fue casualidad ni un simple discurso para adornar conferencias. Fue un mensaje directo, duro y con destinatarios claros dentro de Morena, donde abundan los personajes que llevan meses promoviéndose como futuros salvadores del pueblo mientras arrastran expedientes oscuros.
La dirigente nacional morenista prácticamente les dijo en la cara que las encuestas ya no serán el refugio de los impresentables. Y vaya que hay muchos.
Durante años, varios políticos aprendieron a esconder su corrupción detrás de números inflados, brigadas pagadas y campañas disfrazadas de “trabajo territorial”. Se acostumbraron a creer que con espectaculares, bots en redes sociales y acarreados ya tenían asegurada una candidatura. Hoy la dirigencia nacional parece mandarles una advertencia: eso ya no alcanzará.
Porque Morena enfrenta un problema serio y peligroso rumbo al 2027: la soberbia de sus propios aspirantes.
Muchos de los que hoy se sienten intocables no han entendido que el desgaste del poder ya comenzó a pasar factura. En la calle crece el enojo por gobiernos improvisados, funcionarios ausentes, obras inútiles y personajes que llegaron prometiendo austeridad mientras viven rodeados de privilegios, camionetas de lujo y operadores electorales mantenidos con recursos públicos.
Por eso el mensaje de Ariadna Montiel retumba fuerte. Hablar de “integridad”, “reputación impecable” y “autoridad moral” no es un asunto menor cuando dentro del propio movimiento existen perfiles señalados por corrupción, nepotismo, abuso de poder y tráfico de influencias.
Y en Tlaxcala varios deberían empezar a preocuparse.
Porque más de uno anda desesperado promoviendo su imagen, filtrando encuestas cuchareadas y pagando campañas adelantadas creyendo que la candidatura se gana con propaganda y no con resultados. Algunos incluso ya se sienten gobernadores, diputados o alcaldes, aunque en sus municipios y dependencias el desastre administrativo sea inocultable.
La pregunta es inevitable: ¿de verdad Morena se atreverá a vetar a sus personajes más cuestionados aunque salgan arriba en las encuestas?
Ahí estará la verdadera prueba.
Porque si el partido termina postulando a los mismos perfiles soberbios, enriquecidos y desgastados de siempre, entonces el discurso de “no a los corruptos” quedará reducido a simple demagogia electoral. Otra más.
La ciudadanía ya no se traga tan fácil el cuento de la transformación moral. La gente observa, compara y empieza a cansarse de políticos que hablan como santos mientras gobiernan como virreyes.
Morena sabe que el 2027 no será un paseo. El desgaste existe, aunque algunos en Palacio quieran taparlo con propaganda. Y si además insisten en imponer candidatos con mala fama pública, expedientes incómodos o fortunas inexplicables, podrían provocar una fractura interna de grandes dimensiones.
Las palabras de Ariadna Montiel no solo incomodaron a muchos; también exhibieron el tamaño del problema que existe dentro del movimiento.
Porque cuando desde la dirigencia nacional tienen que recordar que un corrupto no debe ser candidato, es porque saben perfectamente que los corruptos ya están formados, levantando la mano y sonriendo para la foto.
En Tlaxcala hay guerra de encuestas entre Alfonso Sánchez García y Ana Lilia Rivera, pero con la declaración de la dirigencia nacional ya empezaron a surgir muchas dudas que ponen en duda los resultados de los estudios demoscópicos.
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